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domingo, 27 de enero de 2013

ABRIENDO LOS OJOS - primera parte-Ana (cap. 6)


Capítulo 6


No tenemos nada que hacer... –dice Pablo mirando al infinito. Estamos sentados en las camas, en mi cuarto, todos. Ya hemos colocado esta mañana todo lo que compramos por la casa.
No... --dice con voz monótona Juanma. Les miro. No sé qué podemos hacer.
Podríamos hacer algo –dice Marcos. Le miro esperando a que diga qué podemos hacer, pero es Ángel quien habla.
Yo había pensado que podríamos colgar la foto de Navidad que nos hicimos todos –dice Ángel. Le miro. Me gusta su idea. Es la primera vez en años que no dice cosas que son imposibles de hacer.
¡Eh! ¡Qué buena idea has tenido! –dice Ferni. Sonrío a Ángel.
Podríamos imprimir las fotos de Navidad en las que salgamos y podríamos ponerlas en un corcho –dice mi hermano.
Sí, es muy buena idea. Yo tengo un corcho en mi armario que me dieron mis padres cuando llegamos, solo que no lo he puesto porque no tenia qué poner –digo esto último como excusa. En realidad no lo he puesto porque fue un regalo de ellos y yo estaba y estoy (aunque ahora un poco menos) enfadada con ellos por traerme aquí.
¿En qué parte del armario? –pregunta Carolina levantándose de la cama y acercándose al armario.
No sé dónde lo deje, espera que te ayudo –digo mientras me levanto. Es buena idea esto de colgar las fotos. Sé que todos quieren salir de la casa y ver mundo, y sé que ninguno dice nada por mí. Algún día tendré que ceder por ellos. Soy cabezota y no salgo de casa para intentar que mis padres se sientan mal porque no salgo, pero mis amigos no tienen por qué pagar por lo que mis padres decidieron por mí.
Encontramos el corcho y bajamos al despacho de mi padre a imprimir las fotos de Navidad. Escogemos unas pocas de todas las que hicimos. La mayoría de ellas no sabía que habían sido tomadas. Después nos subimos arriba para colocarlas.
¿Chinchetas? –pregunta Ángel mientras extiende su mano hacia mí, la palma hacia arriba.
No sé dónde están. Pregunta a Miguel –contesto a Ángel. Él asiente y le hace la misma pregunta a mi hermano
¿Chinchetas?
Ahora traigo –contesta mi hermano mientras se va a su cuarto. Vuelve con una cajita llena de chinchetas de colores.
Vale a ver.. Vamos a hacer una composición primero y después ponemos las fotos con chinchetas. Y después ya ponemos el corcho en la pared. ¿Os parece? –pregunta Juanma. Asiento. Somos once personas para poner fotos. Es gracioso. Pero con cualquier cosa, nos entretenemos.
Vale. Pues yo las pondría así mira -dice Tete. Se pone manos a la obra y empieza a colocar las fotos. Primero pone la que salimos todos, sin los compañeros de mi padre. Parecemos una familia de verdad. Casi me echo a llorar al ver la foto. Después pone una foto en la que salgo agarrada del brazo de Ángel bajando las escaleras. Miro a Ángel y nos echamos a reir al recordar el momento.
Ana creo que ha sido la mejor Navidad que he tenido gracias a esto –dice Ángel señalando la foto. Le miro y nos volvemos a echar a reír.
Ja ja eso fue todo por los puñeteros zapatos... Que en paz descansen –digo con tono burlón y sarcástico a la vez.
¿Qué les has echo? –pregunta Ángel horrorizado mientras se lleva la manos a la cabeza. Veo como abre los ojos de par en par. Yo por mi parte pongo los ojos en blanco.
Los he guardado en el armario. Al fondo del todo, para no verlos –le digo para que se calme. Estoy segura de que se pensaba que los había tirado a la basura o algo de eso...
Menos mal –dice suspirando Ángel. Me río. Ángel y el vestir bien...
¿Después de este inciso puedo seguir poniendo las fotos? –pregunta Tete, pues quiere que todos estemos pendientes de en qué orden coloca las fotos.
Sí, claro –le digo. Tete sigue poniendo las fotos. Pone una en la que salen Pablo y Ainhoa en la escalera. Después una de Marcos con Carolina, otra de Tete y Juanma, otra de Ferni y Pitu y por último una de mi hermano Sami y yo. Todos estamos muy guapos, he de reconocerlo. Después pone una foto en la que salimos todos cenando. No sé quien la hizo. Después otra en la que salimos Pablo y yo bailando. Otra general que salen mis amigos y mi hermano bailando, cada uno a su royo. Y por ultimo, Tete coloca una foto en la que salimos el chaval y yo bailando. Me quedo paralizada. No sabía de la existencia de esa foto.
¿Y esta foto? –pregunto quitándosela a Tete de la mano.
La haría tu madre. Salís muy bien –dice Ainhoa. Abro la boca de par en par. No quiero poner esta foto en MÍ corcho.
No me gusta –contesto. Creo que ahora todos acaban de poner los ojos en blanco, sí confirmado, todos. Hasta Sami.
Salís muy bien y vamos a ponerla –dice Marcos arrebatándome la foto. Hago un mohín.
No quiero ponerla –refunfuño como si fuera una cría.
Está bien. Hagámoslo a votación. ¿Quién opina que la deberíamos poner? –pregunta Carolina. Todos levantan la mano menos yo. Hasta Sami mueve su rabo en señal de aprobación.
¿Y quién dice que no? –pregunta Carolina. Levanto mis dos manos para hacer notar mi disconformidad.
Pues se pone por mayoría –sentencia Carolina. Resopló y hago un mohín. No quiero tener en mi cuarto una foto en la que salgamos el chaval y yo JUNTOS ¿Es que nadie lo entiende? No, claro que no lo entienden. Porque para ellos el chaval es un tipo majo y amable. Y para mí el chaval es un estorbo, un chulo y un arrogante (y eso es quedarme corta).
La composición que ha hecho Tete no está nada mal, asique así se queda. Ponemos chinchetas entre todos y después vamos a la guardilla a ver una película. Sami también sube, claro está. Vemos una película, no sé cual, porque yo estoy a otra cosa, refunfuñando para mis adentros sobre el por qué de poner una foto en la que salgamos el chaval y yo en ¡MI corcho!

Cenamos no muy tarde y salimos todos, incluso mis padres, a pasear a Sami por el jardín. Es casi el único momento del día en el que todos podemos estar juntos. A veces lo agradezco.
Después vamos a la cama y un día más terminó...



¡ANA! –grita alguien por las escaleras. Pego un respingo. Miro a mi alrededor. No hay nadie en ninguna cama ¿Dónde estarán?. Me levanto poco a poco y me asomo por la escalera. Hay un montón de bolsas y mucho ruido de pisadas por toda la casa. Me extraña que no me hayan despertado antes con tal guirigai montado...
¡ANA! –vuelve a gritar una voz, no sé de quién es.
¡QUE YA ESTOY DESPIERTA! –grito en contestación mientras bajo las escaleras. Sami al escuchar mi voz corre hacia el sonido de ésta y choca conmigo en las escaleras. La acaricio como de costumbre, hasta que se tranquiliza.
¿Qué está pasando?- pregunto cuando llego abajo del todo.
Nos vamos de excursión hasta el treinta y uno –me dice Ángel ilusionado. Pongo los ojos en blanco. ¿Enserio? ¿una excursión? Ángel se acerca a mí y me besa la frente –. Ya era hora de que te levantaras –me dice contra mi frente.
¿A dónde nos vamos? –pregunto resignada. No me quiero ir por ahí...
A Glacier Bay National Park. Está bastante lejos de aquí. Al sur –dice Ángel feliz. Seguro que el ha elegido a donde ir... Asiento sin entender a dónde vamos.
Ah vale –digo mientras resoplo.
Venga no será para tanto Ana. Alguna vez tenías que salir de casa -me dice Pablo que aparece por detrás y me coge de la cintura.
Ya bueno... –digo sin saber qué más decir. Por lo menos me iré a un miniviaje con mis amigos...
Pues venga Anita, a cambiarse –dice Pablo mientras da unas palmaditas suaves sobre mi vientre.
¡Auch! ¿Sin desayunar ni nada? –me quejo. Después me rio al igual que Pablo y Ángel –. Pero una cosa... El chavalete este no vendrá verdad? –pregunto. Porque sería lo que me faltaba.
Emm umm pues... –dice Ángel. ¡Oh! ¡vale genial!, eso es que ya está por la casa, seguro. A estas alturas conozco a Ángel de sobra como para saber lo que esas palabras no dichas significan. Solo hay que mirar sus gestos, la mímica de sus ojos y sus labios...
Vale, no me digas más. Voy a hablar con mi supuesto padre –digo con voz enfurruñada. Me deshago de los brazos de Pablo y busco a mi padre por la planta de abajo. Mientras le busco, me encuentro cara a cara con el chaval. Le fulmino con la mirada y ni le saludo. Él me devuelve la mirada con una sonrisa socarrona. ¡Aahhhgg! ¡Le metería tal patada en su preciosa cara, que le dejaría los labios en la frente!

Pasan los minutos. Desayuno y enseguida me mandan a mi cuarto a hacer la maleta. Intento ir a hablar con mi padre, pero no le encuentro por ninguna parte.
¿Dónde está mi padre? –pregunto con voz enfurruñada a Pablo.
Se ha ido a por una caravana –contesta Pablo de forma casual. ¿¿Quuuéé?? ¿¿Cómoo?? ¿¿Una caravanaa?? Enarco una ceja, pero no digo nada.
¡Ana alegra esa cara que será divertido! –dice Pablo con voz alegre. Lo dice porque a él le encantan las excursiones. Cualquier actividad que implique conocer cosas nuevas, andar y estar con sus amigos. En el fondo, tiene razón. Debería estar feliz porque me voy con mis amigos. El problema es que estoy en este maldito lugar ¡Y está ÉL!
Mejor me voy a hacer la maleta –digo.
Te acompaño, anda gruñona –me dice Pablo pasando su brazo por encima de mis hombros. Me ayuda a elegir qué ropa me llevaré y la vamos poniendo sobre la cama.
¿Tú ya has echo la tuya? –pregunto.
Sí.
¿Te sobra sitio? –pregunto entonces.
Un poco –contesta Pablo.
¿Lo suficiente como para que entre mi ropa? –pregunto. No quiero llevarme una maleta gigante para cuatro camisetas, dos pantalones, un par de jerséis y bragas.
Mmmm vamos a mirar. Yo creo que sí –me contesta pensativo Pablo. Se aleja de mí y se va hacia la puerta. Baja las escaleras y sube su maleta.
Sí, hay sitio Ana. Mete todo aquí –me insta Pablo cuando vuelve a subir. Abrimos su maleta y metemos toda mi ropa.
Perfecto –digo.
Venga vamos abajo con los demás –me dice Pablo cogiendo su maleta y agarrandomé de la muñeca para hacerme andar.
Ya voy... Ya voy... –digo con voz cansada. Es que no me apetece nada irme de viaje...

En menos que canta un gallo estamos todos en la caravana. Sami también viene (claramente). Somos catorce y un perro. La caravana es amplia pero... Es pequeña para todos los que somos.
Delante van mi padre y Ángel. Que son los que supuestamente saben a dónde vamos. Los demás vamos detrás, sentados donde podemos. Hemos cogido sillas de casa para podernos sentar. Parece que viajamos en un autobús (pero más apretados que si viajáramos de verdad en un autobús).
¿Qué tal por allí atrás? –pregunta mi padre animado. Me dispongo a contestar una tontería como: “¿Pues tú cómo crees que vamos?” o “peor que cuando vine aquí”. Pero Tete me da un pisotón antes de que pueda decir nada y contesta por mí mientras maldigo en voz baja.
Muy bien Jose, ¿vosotros? –pregunta Tete con voz animada también. Todos parecen estar ilusionados por que el viaje. Menos yo. Yo siempre la obeja negra...
Pasamos varias horas en coche. No sé exactamente cuantas, solo sé que me entra hambre. Paramos media hora para comer un rápido bocadillo de jamón y queso (en mi caso) y una fruta. Después seguimos la ruta. Se supone que tardaremos un día y medio en llegar. Un día y medio que veré a Luca a todas horas... ¡Genial! ¡Fantastico! ¡Increible...!

El día pasa despacito. Los minutos parecen nunca pasar ¡Y las horas ya ni te digo! Por fin llega la noche y mi padre para en mitad de la nada.
¿Dónde vamos a dormir? –pregunto interesada. No pretenderá dormir aquí, espero.
Aquí –contesta mi padre. Miro a ambos lados para ver la expresión de los demás. Ellos están tranquilos, como si eso fuera lo que esperaban. ¿Enserio?
¿Aquí papá? ¿de verdad? No me lo puedo creer... ¡Esto es incomodisimo! –me quejo.
Hemos traído los colchones inchables. Los pondremos ahora en todo el pasillo y ya está. Algunos de nosotros podemos dormir en cama –dice mi padre. Refunfuño a pesar de que sé que eso no arreglará nada.
Venga Ana, déjalo. Mañana llegaremos al sitio y ya está –me consuela Pablo para dejarlo estar. Él siempre apoyándome y protegiéndome... Cómo le voy a echar de menos cuando se vaya... Ojalá se quedara...
Está bien. ¿Duermes conmigo? –pregunto. Quiero asegurarme de dormir entre gente que conozco, pues no quiero dormir cerca o al lado de Luca.
Sí, claro –contesta Pablo. Me acerco a Ainhoa y le hago la misma pregunta, ésta tambien contesta de forma afirmativa.
Genial –digo. Ya tengo asegurado que dormiré lejos de Luca. Al menos separada por el cuerpo de Pablo o Ainhoa.
En seguida nos ponemos en marcha con la cena y montamos la zona de dormir. Todos estamos cansados aunque no hayamos echo nada en todo el día. Nos turnamos las chicas para entrar a cambiarnos al baño, mientras los chicos se cambian delante de todos. No se cortan un pelo.
Con el pijama puesto, cojo a Sami en brazos y la llevo hasta el colchón que compartiré con Ainhoa. Pongo a Sami a mi lado. Está justo entre Pablo y yo, que comparte colchón con Ángel y mi hermano.
Buenas noches –digo a todos en un susurro. Todos me contestan en un susurro.

Me despierto pronto. No porque no tenga sueño, sino porque la caravana ya está en marcha y se acaba de comer una piedra. Maldigo y refunfuño. Pablo, que sigue a mi lado tumbado, me pega un manotazo.
Vaya despertares que tienes amor –me dice.
Siempre son los mismos –contesto enfadada. Mis ojos cerrados a cal y canto.
El de hoy es peor –matiza Pablo.
Claro. Porque me he despertado por un bache en el camino –digo apretando mis ojos, para después abrirlos por primera vez. Pablo me está mirando fijamente.
¿Hace cuánto ha empezado a conducir? –pregunto.
Pues... hace unas horas ya –contesta Pablo.
¿Y eso? –pregunto–. Pensaba que habíamos acordado tomárnoslo con calma porque íbamos sobrados de tiempo.
Bueno... Es posible que Ángel calculara mal el camino y nos queden como... Dos días más –me comenta Pablo en voz baja, como tal cosa, como si así no me fuera a enfadar.
¿Qué? –pregunto horrorizada, dando un bote y poniendo mis rodillas en el colchón. Mis manos vuelan a mi cabeza.
Pues eso.. Que Ángel calculó mal... –me vuelve a decir Pablo en un susurro apenas audible. Mi cuerpo se llena de... Ira, sí, ira. Todo él. La ira y la frustración recorren cada resquicio de mi cuerpo. ¿Cómo ha podido calcular mal?. Me levanto de la cama sin prestar atención a mi alrededor y voy directa hacia donde está Ángel. Éste, esta hablando acaloradamente con Ainhoa. Cuando llego junto a ellos, las palabras salen a borbotones de mi boca, interrumpiendo su conversación.
Ángel. Me acaban de decir que calculaste mal... –digo echa una furia.
Sí. De eso mismo estamos hablando él y yo ahora –me dice Ainhoa con voz fría. Ah vale, ella también está hablando de eso con Ángel.
¿Cómo has podido? –pregunta Ainhoa. Ángel no contesta –. ¡Tío, Ángel que no era tan difícil  Solo tenías que calcular en un mapa cuántas horas había... Nada más.
Sí, pero no sé qué hice. Ya sabes como soy –se excusa Ángel. He ido directa a Ángel para echarle la bronca pero ahora mismo lo único que siento son ganas de reír  No puedo aguantar más y exploto. Me río como hacía meses que no lo hacía. Todos me miran y me da igual. Yo sigo riendo. Ángel es tan despistado a veces... Es tan... Ángel... Me resulta extraño de todos modos que le hayan dejado hacer un plan sin que nadie lo supervisara... Ésto, exactamente ésto, es lo que pasa cuando se le deja a Ángel hacer... Llevar a cabo sus actividades sin que alguien vaya detrás de él para ver que es lo que va descolocando y haciendo mal...
Ángel me mira esperanzado, mientras Ainhoa abre más y más los ojos sin entender que me pasa.
Esto es lo que pasa cuando nadie está pendiente de los planes que hace Ángel –digo sin más.
Tienes razón –dice Ainhoa mientras me sonríe y mira a Ángel con ojos comprensivos.
La próxima vez... –digo. Pero Ainhoa me corta.
No volverá a hacer ningún plan sin supervisión –dice Ainhoa. Hablamos como si Ángel no estuviera escuchando todo lo que decimos. Me giro hacia Ángel que nos pide perdón y le abrazo. Después nos fundimos los tres en otro abrazo, un gran abrazo.

Me alejo de ellos y me voy a poner un vaso de leche para desayunar. Así que si mis calculos no fallan... Pasaremos fin de año todos en una caravana. Me parece mejor plan que el inicial de estar en casa y que vinieran los amigos de mi padre. Esto es más... familiar. Si no fuera por Luca, claro, que de familiar no tiene nada. ¡Ni un poco!
Paramos para comer y después mi padre nos comunica algo en lo que no había caído.
Tenemos un problema chicos –dice mi padre. Todos le miramos. No dice nada así que abro la boca para animarle a hablar. Marcos me lanza una mirada fugaz de precaución por si lo que pienso es soltarle alguna pulla.
¿Cual? –pregunto mirando a Marcos mientras saco la lengua para que vea que no iba a decir nada malo.
Teníamos calculada la gasolina a gastar en un día y medio, no en tres –nos comenta mi padre. Todos le miramos sin saber qué decir. Creo que la mayoría de las caras son de incomprensión. Todos esperamos a que vuelva a hablar y se explique mejor –. Que no hay gasolina vamos –termina diciendo.
¿Qué? –pregunto.
¿Cómo? –pregunta Juanma.
Que no hay gasolina –dice Ángel con voz monótona. Como si fuera obvio todo.
Sí, ya sabemos esa parte –dice Ainhoa, que mira furibunda a éste último que acaba de hablar. No puedo evitar echarme a reír  Ya hay alguien que está igual que yo en esta caravana. Ellos siempre han sido dos polos opuestos para todo.
¿Y qué hacemos? –pregunta mi hermano, dejando las preguntas idiotas que hemos echo Juanma y yo atrás. Él siempre piensa en la “supervivencia”.
Hemos estado hablando Ana y yo –dice mi padre señalando a mi madre –. Y hay dos posibilidades. Volver. O ir a la aventura. A que encontremos una gasolinera –dice mi padre. Miro a mi padre y después a mi madre. Nadie dice nada, así que Ángel, que es muy lanzado, habla.
Los que quieran volver que levanten la mano –propone. Mi madre, Carolina, Ainhoa y yo levantamos la mano. Somos unas caguetas, sí.
Vale, cuatro –dice Ángel cuando termina de contar nuestras manos alzadas –. Y ahora los que quieran seguir, que levanten la mano –pide Ángel. El resto levanta la mano –. Seguimos por mayoría.
Refunfuño, pero bueno, ha sido algo justo.
Seguimos por el supuesto camino que nos llevará a Glacier National Park. En algún momento, cruzamos la frontera con Canadá. Yo no me entero, pues estoy medio dormida en una de las camas buenas. Esa noche, dormimos en Canadá. No me asomo a ver cómo es, aunque me gustaría. Mi cabezonería me puede. Soy tonta. Duermo en la misma cama que el día anterior. No hemos encontrado ninguna gasolinera. Gracias a Dios que papá llevaba unas garrafas para el camino.

Otra noche más pasa y otro día empieza. Desayunamos y seguimos nuestro camino. Cruzamos la frontera y volvemos a entrar en Estados Unidos, concretamente en Montana (que es donde está el Glacier National Park). A tomar viento fresco de Alaska vamos... Cada vez me parece más increíble que hayan dejado hacer a Ángel esta locura.
Aun no me creo que estemos aquí por Ángel –digo a Ainhoa.
Ideas de bombero, ya sabes. Típicas de Ángel. Al menos hemos llegado casi a nuestro destino –me contesta Ainhoa. Asiento –por cierto, ahora que estamos solas... ¿Te has dado cuenta de cómo te mira Luca?
¿Cómo me mira? –pregunto extrañada –. Si te digo la verdad, no le he mirado en todo el viaje.
Pues no deja de mirarte. Le gustas. Y él está bueno –dice Ainhoa desviando su mirada hacia mi derecha. Sigo su mirada hasta encontrarme con los ojos plateados de Luca. Me guiña un ojo. En su gesto, puedo ver arrogancia pura rebosando por sus ojos. Os lo juro. Rebosa arrogancia todo él. No sé cómo a Ainhoa le puede gustar. Es tan chulo, egocéntrico, que no se merece que nadie le mire, por muy sexy que sea. Pero mis ojos parece que no se quieren despegar de los suyos. No hasta que él rompe el contacto visual y me libera de su mirada tan penetrante y vacía, sin sentimiento. Ni bueno, ni malo-
Mientras seguimos hablando del viaje y despotricando de vez en cuando, mi padre encuentra una gasolinera y llena tanto el depósito de la caravana, así como los bidones que llevamos. Todos respiramos tranquilos.
El parque está casi nada más pasar la frontera.

Pasamos la tarde en el parque. Vemos montañas gigantescas, cascadas y lagos. Es bonito, la verdad. No vemos absolutamente ningún animal. Tal vez sea por el ruido que hacemos.
A la hora de cenar, vamos a la carabana y con un camping-gas hacemos unos filetes (que hemos conseguido en la gasolinera) así como unas patatas envueltas en albal. La cena no está mal. Cenamos al aire libre, sentados en el suelo.
Cuando queremos darnos cuenta, son las 11.30. No tenemos uvas, pero sí lacasitos y pipas. Como no da para todos, empezamos haciendo montoncitos de 12 lacasitos y cuando éstos se terminan, pasamos a pelar pipas y a juntarlas en montones de 12.
Otros años, estando en Madrid si hubiera sido en casa de mis abuelos por parte de madre, hubiéramos estado preparados desde las 11.30 con las uvas peladas y bien contadas. En casa de mis abuelos por parte de padre hubiéramos estado recogiendo platos aún, con la televisión puesta metiéndonos prisa. Cinco minutos antes de las 12 habríamos sacado las uvas y a muchos no nos habría dado tiempo a pelarlas y contarlas.
Pero aquí, ahora. Son las doce menos cuarto y estamos todos preparados. No sé muy bien como, Marcos logra meterse en una página española que retrasmite las uvas a tiempo real. Es casi mejor que verlo en la televisión porque la señal llega antes.
Pasan los minutos y son casi las doce. Dan los cuartos. Y por fin la primera campanada, miro a mis amigos, a mi hermano, a mi padre y a mi madre, y a Sami mientras me meto un lacasito en la boca. Lo saboreo (aunque no por mucho, pues enseguida llega la segunda campanada). Segunda campanada, otro lacasito. Tercera campanada, otro lacasito. Este año nadie se atragantará con una uva gigantesca de esas que casi no te entran en la boca. Nadie irá a escupir una bola de uvas formadas en la boca después de las doce campanadas. Nadie irá por la cuarta uva cuando nos levantemos todos a felicitarnos el año nuevo. Cuarta campanada, una pipa (sí, una pipa. Yo era el limbo de lacasitos terminados y empiece de pipas). Miro a mis amigos uno a uno, todos espectantes. Miro a Sami y la doy cuatro pipas. Se las come y pide más. Quinta campanada, otra pipa. Y así hasta la doceava campanada, cuando me meto en la boca la última pipa y mis ojos revolotean hasta posar la mirada en los ojos del chico. Él gira su cabeza hasta que nuestros ojos se encuentran. No entiendo por qué mi mirada se va hacía sus ojos, si lo único que consigo con eso es que me sonría de esa manera tan suya, tan arrogante. Esta vez, solamente me mira y bocaliza un pequeño “Feliz año”. No le contesto, simplemente le miro, anonadada tal vez? no lo sé expresar.

Nos vamos a turnar para volver ¿vale chicos? Si no es imposible que lleguemos en dos días a casa –dice mi padre. Todos asentimos. Han pasado apenas diez minutos desde que nos hemos levantado todos y nos hemos dado dos besos y dicho “Feliz año”. Extrañamente, Luca y yo no hemos llegado a besarnos.
Ana, tú harás el primer turno con Luca, mientras los demás dormimos –dice mi padre. Refunfuño, pero no sirve de nada. Tengo ganas de dormir y no quiero mantener esta tensión que hay entre el chico y yo mientras que conduzco por la noche por una carretera que no conozco. Miro a Ainhoa de refilón, está sonriendo. Me apostaría el cuello a que a sido su idea que nos toque el turno juntos... La fulmino con la mirada. Ella se gira para mirarme y sacarme la lengua. Se la guardaré, ya verá, ya...
Ángel, tu irás después con Ainhoa –dice mi padre –después iremos Ana y yo. Después Pablo y el otro Pablo, Marcos y Juanma, Carolina, Fernando y Carlos.
Todos asentimos y cada uno se va a lo suyo. Luca y yo nos podemos delante, mientras los demás se acuestan y duermen.
Así que nos ha tocado juntos, chica –dice el chaval con voz socarrona. ¡Dios! Cada vez que me habla así, me crispa los nervios y le aguanto menos. Me está poniendo al límite. Al final terminaré pegándole una buena bofetada como no se le bajen esos aires de chulo con los que me habla. Yo creo que es solo conmigo con quien habla así. Si hablara así a mi padre, seguramente él no estaría aquí. ¡Maldita idea la de Ainhoa!
Sí, por desgracia para ambos nos ha tocado juntos –digo con la voz más seca que puedo, dando por echo que soy un estorbo para él –.Puedes dormir, voy bien sola. No necesito otro par de ojos en la carretera.
Me quedaré vigilando, no vaya a ser que se te vaya la caravana –dice el chaval guiñándome un ojo. Esa forma en que se maneja, en que gesticula, es tan... tan de autosuficiencia que lo único que puedo hacer es poner los ojos en blanco y enfadarme.
Mira, si no quieres que nos estrellemos ¡deja se sacarme de quicio! –digo medio gritando. Miro hacia atrás unos segundos para ver si alguien anda despierto o le he despertado, no quiero molestar a nadie. El chaval se me queda mirando pero no dice nada. Creo que espera que diga algo más –. Lo mejor es que te calles y todo saldrá bien.
Yo que estaba interesado en saber más de ti... –deja caer el chaval. Pero obiamente lo dice irónicamente, pues ya ha quedado claro que no nos aguantamos.
Mira, solo te voy a decir un par de cosas. Yo no quiero saber nada de ti, así que no te voy a contar nada sobre mí. No me agradas, ni me gustas. Lo único que siento por tí es... es... –no termino la frase. No sé cómo describir lo que siento.
Ya será para menos –dice el chaval. Le miro furibunda. El me sonríe socarronamente, pero no vuelve a hablar hasta pasadas las dos horas.
Trae bambina, deja que conduzca yo un rato. Riposi. Descansa –me dice el chaval. Por unos segundos llego a pensar que es majo. Creo que él lo ve en mis ojos, pues luego sigue hablando –. No quiero que tengamos un accidente porque tú has decidido que puedes conducir toda la noche.
Me quedo pasmada. Será gilipollas... Y bruto. No sé cómo ha podido decir tal estupidez.
Gilipollas –le insulto frenando bruscamente. Miro hacia atrás, por si he despertado a alguien. Todos están durmiendo plácidamente. Me bajo tranquilamente de la caravana y doy la vuelta, esperando que el chaval salga. Pero no sale, en cambio, se pone en el asiento del conductor pasando por encima de la palanca de marchas. Ha sido mucho más habil que yo, que estoy cegada aun por la ira que siento hacia él. Cuando entro en la caravana, me mira sonriente y me guiña un ojo. Resoplo, me apoyo en el cristal de la ventana y cierro los ojos, preparada para soñar.

En total tardamos dos días en volver, un día menos que a la ida, no está nada mal. Es por la noche. Salimos todos agotados de la caravana para dejarnos caer sobre nuestras respectivas camas. El chaval también duerme con nosotros. 

miércoles, 23 de enero de 2013

¡CAPÍTULOS NUEVOS!


Ahora que ya he subido algunos capítulos y ya habéis conocido a la mayoría de los personajes, intentaré subir cada semana un capítulo de uno de los dos libros que tengo escritos. ¡Espero que os gusten, os enganchéis  y estéis deseosos de que llegue el fin de semana para que suba el siguiente capítulo!

LA VIDA NOS VOLVERÁ A JUNTAR, TE LO PROMETO - cap. 4 LIAM


4.LIAM

Tenía ganas de volver a verla, pero sabía que casi no había probabilidades de que ese verano la viera; faltaba poco para que me fuera.
Recordé lo que había hecho el día anterior. No sabía como podía contactar con ella.. y se me ocurrió escribir su nombre en la arena. Bajé por la noche, diciendo que iría a dar un paseo. Me acerqué a la orilla, cerca del punto donde nos habíamos conocido. Me descalcé y con mi pie desnudo, tracé con grandes palos su nombre en la arena “ADA”. La arena estaba fría y era suave. Se resbalaba por mis dedos y se disponía a ambos lados de mis dedos, mientras hacía surcos en la arena. Intenté mover el pie lo más ágilmente que pude, para que el nombre quedara perfectamente grabado en la arena. Lo dejé allí; lo suficientemente lejos del mar como para que las olas no lo alcanzaran, pero cerca de la orilla para que Ada al pasear pudiera verlo. Ojalá lo viera y contestara.. Aunque fuera con mensajes en la arena, iría conociéndola mejor. Era casi hasta romántico, salvo por el hecho de que todavía no sentía nada mágico por ella, aunque sabía que era la chica más especial que había conocido. Estaba ansioso por volver a verla y poder tontear con ella como solo yo sabía. Caería rendida a mis pies, estaba seguro.
Ángel me dio un codazo, el cual me hizo volver a la realidad. Ángel es, de todos nosotros, el más problemático. Nunca sabe bien lo que quiere y lo que no, no sabe decidirse y siempre tiene algún problema para tomar una decisión. Nos calienta la cabeza mucho, si; nos pide consejo y hace lo que quiere, si; intenta justificar todo lo que hace cuando hasta él mismo sabe que lo ha hecho mal, si; se le va la pinza, si; pero a todos nos gusta. Es alto, metro ochenta y algo, delgado como un espagueti, pelo corto y castaño claro, al igual que sus ojos casi algo verdosos. Brazos largos, blancos y con pelos oscuros. Se le ocurre cualquier tipo de ideas para hacer en un segundo y la mayoría son difíciles de llevar a cabo. Cambia de opinión cada dos por tres, así que nunca puedes estar seguro de si lo que ha dicho es realmente lo que piensa o dentro de dos segundos cambiará de opinión.
Era ya tarde, casi había anochecido, quería bajar a ver si me había contestado antes de que la playa se quedara a oscuras sin el sol, pero no sabía cómo escabullirme.
-Voy a salir a darme una vuelta con Sam- anuncié saliendo ya por la puerta de casa.
-¡Vale!- me gritó Miguel desde el salón. Uff menos mal que no había preguntado a dónde iba, no quería contárselo a nadie, aún no.
-¡Voy contigo! ¡espera!- dijo Ángel acercándose a mi. Genial.
-No, mejor voy solo- dije
-¿Por qué? ¿acaso vas a quedar con la chica que vimos el otro día?- preguntó Ángel. Sabía que se refería a Ada. No quería mentirle, porque se daría cuenta de que lo hacía y sería aún más pesado, así que le contesté –algo parecido-
-¿Algo parecido?- dijo Ángel. Es un cotilla. Quiere enterarse de todo, es lo malo que tiene. Aunque como punto fuerte se podría decir que te ayuda en todo. Es mi mejor amigo.
-Ayer la dejé un mensaje en la arena, voy a ver si ha contestado- dije con voz derrotada. Me sorprendió que de mi boca hubieran salido aquellas palabras.
-¿Puedo acompañarte?- insistió Ángel. Me puso la misma cara que Sam cuando no me la llevaba conmigo y ya no aguanté más. Le hice un gesto afirmativo con la cabeza y salí por la puerta con Sam y Ángel detrás de mí antes de que me arrepintiera de llevarle.

Cuando llegamos a la playa, me acerqué al punto exacto en el que el día anterior había escrito su nombre, y vi que ella había escrito el mío. Sabía que había sido yo.. me quedé observando las letras. Ella también las había escrito con el pie.. “LIAM”, eso ponía.. Mi nombre.. Sonreía cada vez que lo leía. Sam empezó a ladrar al ver que me había quedado inmóvil mirando la arena. Eso hizo que volviera en mí. Para cuando pensé qué otra cosa podría escribirle, Ángel había aparecido a mi lado con un palo de color marrón clarito. Parecía un trozo de bambú de las hileras de bambú que separaban la arena de la playa del pequeño pueblo en algunos puntos.
-Toma, escribe con esto- me ofreció Ángel, dándome el trozo de bambú. Tal vez no había sido tan mala idea que fuera.
Cogí el palo de sus manos, borré con ternura y lo más suavemente que pude mi nombre, y escribí. “21ª”. Tenía veintiún años. Esperaba que ella interpretara bien todo y supiera contestar bien. No quería alargar el mensaje, así me parecía más excitante, por así decirlo. Mensajes cortos pero que decían muchas cosas a la vez. Después, clavé el palo para que ella pudiera escribir con él; observé por última vez mi mensaje y me alejé junto con Sam y Ángel a casa otra vez.
-No le digas nada a nadie de momento Ángel- le dije antes de volver a entrar en casa. Quería que de momento todo quedara entre nosotros. Los demás no pararían de atosigarme y con Ángel era suficiente.
-Tranquilo no diré nada, esperaré a que lo hagas tú- me dijo; y después me guiñó un ojo. Me iba a costar caro que Ángel lo supiera.

LA VIDA NOS VOLVERÁ A JUNTAR, TE LO PROMETO. cap. 3 ADA


3.ADA


     Quedaban seis días para que volviéramos a Madrid, y yo estaba deseosa de volver a encontrarme a Liam. No paraba de pensar en cuándo nos volveríamos a ver. No me pasaba el día buscándole por la playa, aunque es lo que más deseaba hacer. Los dos días siguientes a nuestro encuentro estuve muy atenta, por si le vislumbraba; pero muy a mi pesar, no lo encontré en aquellos dos días. Un día de aquellos fuimos al cine, como todos los años; el otro lo pasamos descansando metidas en la piscina casi todo el día.

Quedan cuatro días para volver, pensé. Esa mañana me había levantado pronto y aproveché para salir a correr por la playa, algo que me encantaba si me despertaba lo suficientemente temprano. Me puse unos pantalones cortos, una camiseta de tirantes anchos, cogí la cámara de fotos por si encontraba algún animal al que fotografiar o alguna ola. Salí del apartamento, bajé las escaleras del edificio y me dirigí al mar. Estaba completamente vacío; no había nadie. Me dirigí andando lentamente hacia el extremo más cercano de la playa desde el apartamento, me acerqué a la orilla del mar. Ese día el mar estaba más calmado de lo habitual, casi no había una sola ola. Empecé a caminar primero, reconociendo cada centímetro de playa, de arena; intentando buscar cualquier objeto que me pudiera clavar si empezaba a correr. Otros años me había clavado púas de erizo en el pie y era bastante desagradable tener que sacarlas con pinzas después. Tras años pasándome eso, ese año aprendí la lección y primero hice una primera inspección para ver cómo estaba esa mañana la arena. Menos mal que la playa no era muy grande, sino me habría aburrido enseguida de ir mirando al suelo, para ver el más mínimo detalle que no fueran algas o arena. A mi izquierda, algo llamó mi atención. Había algo escrito en el suelo. Sentí curiosidad, así que enfoqué mis ojos hacia el suelo escrito. Estaba mi nombre escrito, pero no de cualquier forma, en mayúsculas, con un espacio igual entre letra y letra. Se notaba que estaba escrito con la mano o con el pie. Cada letra estaba formada por cuatro surcos, cada uno de un tamaño. Supuse que serían un surco de cada dedo. Me quedé mirando aquello, debía haber sido Liam, estaba segura.. Me quedé como hipnotizada mirando aquellas tres letras a pesar de que los trazos fueran imperfectos al no estar escritos sobre un papel a mano. Me permití soñar, total, él no estaba en ese momento delante de mí. Acto seguido saqué mi cámara y de mil y un ángulos hice fotos de mi nombre, con el mar de fondo, con el mar casi rozando el pico de la “A”, con el mar lejos de mi nombre, con una gaviota pasando.. junto a más y más arena.. Pensé que sería buena idea que Liam supiera que había leído mi nombre (y por qué no, que supiera que quería tontear con él), por lo que borré su nombre muy a mi pesar con el pie después de grabarlo en mis pupilas además de en mi cámara, y procedí a escribir su nombre con sumo cuidado. Empecé con una “L” bien grande y recta, después una “I”, después una “A” la cual me quedó algo pequeña con respecto al resto de las letras y por ultimo la “M”. Cuando terminé, me quedé mirando lo que acababa de escribir y empecé a tener dudas. Tal vez no había sido Liam el que había escrito mi nombre, había más gente en el pueblo que sabía mi nombre. O sí, no podía estar segura. ¿Debería borrarlo? no estaba segura y cuando levanté mi pie de la arena decidida a borrar el nombre, noté que mi pie temblaba. No borré el nombre, lo dejé allí mismo y me fui a casa, sin saber a ciencia cierta si había hecho bien o no dejando escrito su nombre en la arena. En cuanto me alejé lo suficiente para no ser ya capaz de ver lo que había escrito me puse a pensar. Era como un juego, eso me encantaba. El tonteo era lo que mejor se me daba, lo que más me gustaba. Me iba a divertir aquellas vacaciones.

-¡Dónde estabas!- dijo Ainhoa al verme entrar por la puerta. Estaban todas levantadas ya y Dafne corrió junto a mi para pedirme su comida.
-He salido a correr y mirad lo que me he encontrado- dije metiendo la mano en mi bolsillo. Al escuchar esto último, automáticamente mis amigas vinieron a ver lo que tenía guardado en mi bolsillo. Eran todas unas cotillas, al igual que yo. Si no hubiera sido por mi vena cotilla, nunca habría ido a mirar aquellos trazos que formaban mi nombre. En momentos como aquel me sentía casi orgullosa de ser tan cotilla como era. Al sacar la cámara, pude ver en sus rostros algo de decepción, pero ésta desapareció cuando las enseñé las fotos de los trazos de mi nombre grabado en la arena y quién pensaba que los había escrito. Sus caras se transformaron en sorpresa, algo de incredulidad y muchas sonrisas de felicidad.
-Mañana por la mañana, vuelve a bajar a la misma hora a ver si te ha puesto algo nuevo. Si ha sido Liam el que lo ha escrito seguro que te contesta algo- dijo Vanessa. Habló con voz dulce y sincera y me hizo creer que todo lo que decía era verdad.
-Ojalá a mí me escribieran algo así- dijo Ainhoa con voz melancólica. Ellas pensaban en cosas románticas, mientras yo pensaba más en la acción. Yo le daba mucha más importancia a la tensión sexual que se formaba cuando me acercaba al chico que me gustaba. La tensión que crecía cuando él me correspondía. Ellas pensaban en novios y yo en todo menos en eso. Éramos diferentes y sin embargo ahí estábamos todas. En ese momento, ninguna tenía novio, ninguna tenía a nadie con quien contar, solo estábamos nosotras seis. A lo mejor os parece triste, pero realmente, yo por lo menos, estaba muy bien así, con ellas.

Algo más tarde y después de ordenar algo el apartamento, bajamos a la hora de siempre a la playa y nos sentamos al lado de unos chicos, tres exactamente, que Julia decía que eran muy guapos. Yo, solo podía pensar en Liam. Al poco de habernos sentado, se acercaron a nosotras y nos propusieron una cena, en un bar que conocían, esa misma noche. Lo cual me pareció un asco. No nos conocían de nada y ya nos invitaban a salir. ¡Pero si ni siquiera nos conocéis! Quise gritar. Tenían aspecto de chulos y siempre he odiado a los típicos chulos de playa que quieren ligar contigo. Lo peor: a todas les pareció bien y yo aunque no quería, también tuve que aceptar. A los mejor les pareció buena idea porque Liam y sus amigos pasaron de nostras cuando intentamos llamar su atención.. Yo lo que quería era que Liam me invitara a cenar, a comer.. A estar con él.. Pero no aquellos tres chicos. Estaba resentida, me di cuenta unas horas después cuando volvimos a casa y nos preparamos para salir a cenar. Porque ninguno de aquellos tres chicos fuera Liam, no tenía por qué estar enfadada. La verdad que no me había fijado mucho en ellos, solo lo necesario para saber que eran unos chulos y el tiempo que habían pasado a nuestro lado, yo lo había pasado en el agua. Tal vez intentaba esquivarles porque tenía miedo de que alguno de ellos me gustara, me gustara de verdad. Yo solo quería tener ojos para Liam, quería tontear con él y con nadie más. No le conocía pero.. Algo se estaba formando en mi interior. El hecho de que salvara la vida a Dafne.. que se girara solo para preguntarme cómo me llamaba.. era una especie de principio de tonteo.. y el tonteo.. es lo que más me gusta de las relaciones como ya sabéis. El intentar que sepa todo de ti, que se fije en ti, que te vea tal como quieras que te conozca.. cogerle la mano.. que te cojan de la cintura y aproveches para acercarte a sus labios e intentar besarle y dejarle con las ganas.. eso era lo mejor de todo. Me quedé pensando en cómo habían intentado ligar con nosotros aquellos tres chicos.
-Hola, me llamo Marcos, hacéis algo esta noche?- nos había preguntado uno de aquellos tres chicos. Él se había levantado de donde estaban sus amigos y se había acercado algo a nosotras. Todas le miraron con cara de sorpresa y aprobación, mientras yo le miraba con cara de odio. Esperé que dijeran que no, pues yo lo habría hecho.
-emm uummm bueno.. pues..- dijo Vanessa sin saber muy bien que decir, pero como ninguna de nosotras decía nada.. nos miramos las unas a las otras y supe que todas querían.
-Sí, ellas quieren sí- dije con tono irónico, aunque pareció que el chico no se dio cuenta, pues me lanzó una bonita sonrisa. Yo no la contesté. Simplemente me levanté y me fui al agua con Dafne. No sé de qué más hablaron, pero creo que logré que al menos a él le quedara claro que pasaba de su culo y que me debían dejar en paz aquella noche.

Me puse un vestido de verano, blanco con siluetas de flores y hojas verdes (a pesar de que los odio, las chicas me obligaron a estar presentable, ya que pensaba salir de casa en pijama casi. Bueno sin casi, pensaba salir en pijama). Me calcé unas chanclas blancas, ya que no me dejaron ponerme con el vestido mis zapatillas para bajar a la playa. “es muy cutre” me había dicho Carolina. Cogí mi bolso blanco y a Dafne. No sabía si me la dejarían meter, pero cuando me ponía cabezota, decía y hacía estupideces como aquella: llevarme a Dafne allí donde iba. Era solo por molestar, por llamar la atención, para que me dijeran que Dafne no podía entrar y me pudiera marchar tranquilamente a casa sin tener que aguantar a ninguno de aquellos tres chulos de playa.
-¿De verdad te la vas a llevar?- me preguntó sorprendida Vanessa. Su cara lo decía todo, no se podía creer que fuera tan infantil. Pero yo, ignoré ese hecho.
-Sí, ya he dicho que sí. Somos un pack- dije. Creo que lo único que quería era llamar la atención de mis amigas y hacer que los tres chicos se alejaran de mí nada más verme con Dafne.
-Si te la quieres llevar adelante- dijo Sara algo confusa.
-Sí, llévatela, aunque no creo que sea la mejor forma de empezar la noche- argumentó Ainhoa. Por fin en algo cedían. Seguramente por lo hartas que estaban ya de mis niñerías. En realidad tenía razón, todas tenían razón. Dafne solo me iba a traer problemas, pero en ese momento quería problemas. Aún así no cedí y miré furibunda a Ainhoa que me mantuvo la mirada. Era la que mejor me conocía y sabía que algo pasaba. Aún no habíamos tenido tiempo de hablar de Liam.. Quería que me vieran como la chica rara de pelo morado que tiene por mascota un pato. Así no se acercarían a mí y yo podría fantasear con Liam.

Habíamos quedado con ellos en la playa, a las 9.30 y allí estábamos. En el principio de la playa, quietas, esperando las seis. Seguía enfadada y no quería esperar más tiempo, así que me fui a andar por la playa, alejándome con Dafne. Ninguna de mis amigas me dijo nada; habían entendido lo que me pasaba. No quería fijarme en otro que no fuera Liam. Tenía miedo de poder dejarle atrás; porque por él, en cuanto le vi.. algo en él me atrajo y me encantó. Quería estrecharle hacía mí, atraer su rostro hacia el mío y besarle. Nunca había sentido esa atracción por nadie y quería seguir sintiéndola, pues hacía que fantaseara cada vez más y el anhelo se incrementara. Era como yo misma tonteara en mis sueños con él. Lo cual me encantaba. No quería conocer a alguien que fuera más especial que él. Además había escrito mi nombre en la arena de playa. A mí me parecía muy romántico (sí, romántico sí. Y sí, a veces me derretía por las cosas románticas, aunque no siempre.), aunque estaba segura de que cuando se lo contara a mis amigos de la uni se echarían a reír y me dirían: “ese tal Liam es un calzonazos”. Se pasarían días, incluso semanas riéndose de él. A pesar de ello, yo estaba segura de que me seguiría pareciendo precioso que hubiera puesto mi nombre en la arena.
Y llegaron los chicos, con siete minutos de retraso. Los vi llegar desde lejos. Los tres parecían guapos, aunque estaban demasiado lejos para poder ver sus facciones bien. Los tres se acercaron a mis amigas y las saludaron. Todos eran delgados y parecían musculosos. Lo que yo decía.. chulos de playa pensé. Los escuché hablar, aunque a mis oídos solo llegaban murmullos y trozos de frases. Me quedé mirando la escena. Quería ver cómo eran antes de acercarme, cómo hablaban, cómo gesticulaban. Pero.. uno de ellos, no sé por qué, se giró y se quedó mirándome. ¿Cómo se atrevía a mirarme?. Le mantuve la mirada, desafiándolo. Tras unos segundos mirándome, se giró hacia mis amigas, las dijo algo, ellas contestaron y acto seguido se giró para volverme a mirar. Se empezó a acercar. Poco a poco. Supongo que estaba lleno de curiosidad por saber quién era yo, la marginada que observaba a sus amigas desde la lejanía. Cuando estuvo a unos cinco metros de mí, empezó a dar pasos vacilantes; como sin saber muy bien si podía seguir avanzando o no. Supongo que sería por mi cara, no era la más bonita, tranquila y esperanzadora del mundo. Estaba rabiosa. Era realmente guapo. Ojos claros y pelo castaño, o eso parecía a la luz de la luna. Llevaba una cresta, algo que rompía el estereotipo de chulo de playa que pensaba que era. Musculoso a la vez que delgado. Parecía buena persona, a pesar de llevar unas botas negras (unas Dc. Martens para ser exactos. Lo supe porque mi hermano y yo tenemos también unas así). Cordones rojos, pantalones escoceses rojos y negros, una camiseta negra con un dibujo azul en el medio.
-Hola, me llamo Marcos- dijo el chico. Anda si era el chico al que había mandado a la mierda para mis adentros por la mañana antes de lanzarme al mar (por lo visto no se dio por aludido cuando pasé de él)
-Ada- dije y me callé, miré al suelo, esperando que se fuera. Pero se quedó. Me rompió bastante los esquemas acercándose a mí y vistiendo como vestía. Tal vez, y solo tal vez, le podría dar una oportunidad para que fuéramos amigos por ser tan raro como yo en aquel momento.
-¿Por qué estás aquí, estando las demás allí?- me preguntó sin intención alguna de hacerme enfadar o que contestara mal. Solo intentaba iniciar una conversación. ¿Pretendía ligar conmigo? Porque lo llevaba claro. Que no fuera el estereotipo de chulo de playa no quería decir que no lo fuera cuando estaba con su bañador en la playa por las mañanas. ¡Puf! No entendía por qué me comportaba como lo hacía. Realmente, no podía luchar contra lo que sintiera. Y si alguno de aquellos tres me gustaba por mucho que me negara, me seguiría gustando. A pesar de aquella gran verdad, seguí en mis trece, enfadada sin saber por qué. Por un segundo pensé que su pregunta la hacía por compasión, pero en seguida quité esa idea de mi mente.
-No quería venir- dije secamente
-¿Y eso por qué?- me preguntó con voz dulce. Al principio pensé que era un entrometido, pero entendí que lo único que quería era hablar conmigo, pero yo no quería hablar. No se lo había contado ni a mis amigas, pero.. las palabras me salieron solas. Tal vez porque al ser de noche, no podía verle apenas, solo el contorno de su cuerpo dibujado por la luna y se me hacía más fácil contarle las cosas a un desconocido que no podría juzgarme realmente por cómo soy, sino por lo que digo. O tal vez por el hecho de que al no verle, hacía que no tuviera que mirarle a los ojos al hablar, ni hacer gestos.. o simplemente porque era mi hora de explotar y soltar todo de una puñetera vez.
-Hace unos días conocí a un chico. Solo le he visto un par de veces. Se llama Liam. Dice que viene aquí todos los veranos. Salvó a mi pato- hice una seña hacia Dafne. Marcos la miró. Por la cara de sorpresa que pude vislumbrar, me dí cuenta de que no se había fijado que había un pato al lado de mis piernas –algo en él me llamó la atención y no quiero dejar de pensar en él- concluí. Es verdad, admití para mí misma, no quería dejar de pensar en él. No sé muy bien por qué. No sé que vi en él que no había visto nunca en ningún otro chico.
-¿Por eso no quieres hablar con nosotros?- preguntó parecía no entender nada. Su voz sonó a medias entre burlona y comprensiva. Pensaba que se reiría de mí en mi cara. Sabía que lo que acababa de decir era de niña de diez años y que mi comportamiento era de una niña de párvulos, pero no podía remediarlo; me salía solo.
-A Liam le conozco lo mismo que te conozco a ti, es decir, nada y no quiero que alguno de vosotros me guste, quiero que solo me guste Liam- dije acalorada. Me estaba poniendo furiosa de repente, lo que hizo que dijera tonterias como aquella. No sabia por qué estaba diciendo lo que decía, estaba loca. Realmente ya me había dado cuenta de que lo que decía era una tontería, pero seguía defendiendo lo que había dicho, sin saber por qué.
-Lo que dices, no tiene lógica- dijo Marcos, tenía toda la razón. Y esta vez comenzó a dar un par de paso hacia mí. Yo me estremecí. No le quería más cerca. Cada vez que él estaba más cerca sentía que el recuerdo de Liam era amenazado con borrarse y ser suplido por la cara de Marcos –si de verdad te gusta, nadie suplirá su lugar- me quedé pensando en lo que acababa de decir. Tenía toda la razón del mundo, pero no iba a ceder y darle la razón a un desconocido. Por algún motivo, había confiado en él más de lo que había confiado en mis amigas. Algo me impulsaba a seguir intentando sacar toda la rabia que tenía contenida por todos los acontecimientos que habían sucedido.
-Eso es lo que tú piensas- dije en un susurro. Marcos se acercó más a mí y me dijo casi en mi oído –y tú piensas igual, aunque no lo reconozcas- me quedé quieta, sin decir nada. Parecía que quería flirtear conmigo y la verdad es que algo dentro de mí me decía que podía confiar en él. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, aunque no fue tan intenso como el que me recorrió el cuerpo entero cuando vi a Liam días atrás. Me caía bien aquel chico, a pesar de lo mal que lo había tratado contestando tan secamente. Sonreí y entonces él aprovechó para hablar -¿me presentas a tu pato y nos vamos con los demás a cenar?- me pareció una buena idea su oferta. Nadie se había preocupado nunca por Dafne. Era mi mascota pero para el resto del mundo parecía casi ni existir, menos para Marcos. Supuse que sabía que para ganarse mi confianza, necesitaría a Dafne de su parte.
-Se llama Dafne, tiene un año y dos meses y pone huevos- dije orgullosa de Dafne.
Marcos se acercó a Dafne y se arrodilló a su lado. Dafne por su lado, se puso de pie e hizo su “bufido” de cuando alguien nuevo se acercaba a ella. Se puso en posición de defensa.
-No te preocupes, no te conoce, ya dejará de bufar- dije esperando que Marcos no se apartara de Dafne y ésta terminara por aceptarlo. A los pocos segundos, Dafne ya estaba picoteando la mano que marcos tenía tendida. Se acercó más a ella y con su otra mano acarició las alas de Dafne, ésta se puso a piar. Siempre piaba cuando estaba feliz. Le había aceptado. Al ser un pato mudo, no hace el típico “cuack-cuak” sino que pía. Me recuerda a una mezcla entre el canto de un canario y el piar de los pollitos.
-¿Nos vamos?- me preguntó después de haberse levantado y haberme sonreído.
-Por supuesto- contesté. Me sentía más segura ahora. Tal vez porque conocía, aunque poco, a uno de los tres chicos. Le sonreí. En unos minutos, había conseguido que me calmara. Mis amigas no lo habrían conseguido. Creo que lo que hizo que cambiara de idea respecto a él fueron sus pintas y el hecho de que se fijara en Dafne. Eso le hacía diferente a cualquier persona de conocía. De todas formas, no me podía fiar de él por completo. Apenas hacía unos minutos que nos habíamos presentado.
Nos acercamos donde estaban los demás, Dafne nos siguió de cerca, como hacía siempre. Me paré a escasos pasos de los chicos y Marcos nos presentó
-Ada este es Roberto y este Álex; Roberto, Álex esta es Ada- dijo y cuando parecía que ya habían acabado las presentaciones dijo –y esta es Dafne- señaló a Dafne que estaba detrás de mí. Los chicos me sonrieron y yo les devolví la sonrisa, pero me fijé en que apenas echaron un vistazo a Dafne. Estaba más tranquila que antes a pesar de todo.

Nos pusimos rumbo al bar donde íbamos a cenar. Para mi sorpresa, no estaba en la orilla del mar como me imaginaba, estaba adentrándose por el pueblo. No tardamos en llegar. Por fuera parecía el típico bar de pueblo, sin terraza ni nada. No estaba segura de si me iban a dejar meter a Dafne y cuando entró Marcos a preguntar, le dijeron que era imposible que entrara, por mucho que intentáramos convencer al dueño.
-Voy a casa a dejar a Dafne- dije algo triste, pensando en el camino de vuelta a casa sola, para dejar a Dafne en casa sola y volver para cenar. No me apetecía, pero tenía que hacerlo por lo cabezota que había sido. Además quería volver y hablar algo más con Marcos.
-Te acompaño- dijo Marcos para mi sorpresa. Mejor, así no me aburriría tanto en el camino de casa al bar.
-Os esperamos aquí- dijo Ainhoa dándome un beso y un abrazo. Me sonrió y me susurró sin que nadie lo pudiera oír –te lo dije-. La sonreí. Realmente no sabía que me había dicho. ¿Qué no trajera a Dafne?, ¿qué me llevaría bien con alguno de esos tres chicos?.

De vuelta a casa me di cuenta de que no me había fijado en cómo eran los otros dos chicos. De hecho, no recordaba ni sus nombres. Uno empezaba por A, ¿puede ser?. En ese momento no me importó lo más mínimo no acordarme del nombre. Me acordaba de Marcos, el chico que se había fijado en que Dafne existía, e incluso se había presentado a ella.
Caminamos en silencio, el uno al lado del otro, con Dafne pisándonos los talones, durante unos metros y luego comenzamos a hablar.
-¿Por qué has querido acompañarte?- le pregunté. Esa pregunta me había rondado la mente desde que nos habíamos puesto rumbo a mi apartamento.
-Para saber dónde vives- dijo con tono burlón. Me paré en seco y abrí la boca poniendo los ojos en blanco.
-Es broma, se apresuró a decir. Creo que ha sido mi culpa que trajeras a Dafne. Tú sabías que no la dejarían pasar, estoy seguro- dijo Marcos serio.
-Gracias- sonreí sin saber qué más podía contestar -¿venís mucho?- pregunté para saber más acerca de él
-Sí, solemos venir aquí en los puentes, algún que otro fin de semana y en verano, ¿y tú?- me preguntó
-En verano, venimos en verano. Antes veníamos con nuestros padres y hermanos- dije. Me arrepentí de admitir que antes venía con mi familia, quedaba muy de niña, pero él me sonrió a modo de respuesta
-¿Estás muy unida a tu familia?- me preguntó interesado por la respuesta que le daría
-Mucho, con toda mi familia. Quedamos a menudo todos. En mi cumpleaños pasamos todo el día en mi casa de la sierra- contesté feliz al recordar mis anteriores cumpleaños.
-Se te iluminan los ojos cuando hablas de ello, ojalá se me iluminaran así mis ojos al hablar de mi familia- dijo nostálgico. Sentí pena por él. Se dio cuenta, ya que cuando me miró vio que estaba a punto de llorar. La familia es tan importante para mí que ver que otro no la disfruta como yo, hace que entristezca rápidamente.
-¿Me cuentas cómo es tu relación con tu familia?- pregunté tímidamente. No estaba segura de si querría hablar del tema o no.
-Mi padre nos abandonó a mi madre y a mi cuando tenía tres años, desde entonces, mi madre ha tenido que trabajar día y noche para poder pagar nuestra casa y tener qué comer. Trabaja por las mañanas y por las noches, así que no nos vemos mucho. Mi relación con ella, a pesar de todo no está muy afianzada, no como debería. Yo también trabajo por las mañanas antes de entrar a las prácticas del módulo para poder ayudarla y que ella algún día pueda dejar de trabajar tanto- me dijo. Me quedé pensando en lo que me había dicho. Sonaba extraño, el que la madre sacara adelante a Marcos sola, debería ser suficiente para que su relación fuera más que estrecha. Aunque si no pasaba mucho tiempo en casa, tal vez se hubieran ido separando con el tiempo. Pensé en mi familia y me sentí afortunada de tenerlos a todos.
-Deberías venir conmigo, y conocer a mi familia, te gustaría- dije sonriéndole. Se quedó perplejo al oír mi invitación, tal vez había sido demasiado directa, le acaba de conocer. Sin embargo en ningún momento se negó a venir, sino que contestó devolviéndome la sonrisa –no te voy a decir que no-. Me alegré de que no le disgustara la idea, ya que yo no estaba muy segura de la invitación que acababa de hacerle.
No tardamos en llegar a casa y dejar a Dafne en su sitio. Enseñé a Marcos la casa entera, el salón, los baños, las habitaciones, la cocina y la terraza, donde nos quedamos viendo el mar.
-Podríamos quedarnos aquí y pedir unas pizzas- sugerí al ver que en sus ojos reflejaba la misma expresión que los míos: no querer ir a ninguna parte.
-Sí, podríamos- me contestó Marcos mirándome. Sí, definitivamente tenía las mismas ganas que yo de que nos juntáramos con los demás, es decir, ninguna. A su lado me sentía muy bien y descubrí que podía hablar abiertamente de cualquier cosa. Parece más fácil contar las cosas a un extraño que a la gente que te conoce pensé en aquel momento. Aún hoy, a veces sigo pensando que algunas cosas de las que me callo, a un extraño se lo podría contar perfectamente.
-¿Pido las pizzas entonces?- dije dirigiéndome al salón. Estaba feliz por quedarme en casa y poder ser yo misma. Sin fingir que me apetecía cenar con los amigos de Marcos, lejos de Dafne, en un bar. El plan de pizza con Marcos y Dafne me seducía mucho más, a pesar de que desde fuera se viera soso.
-Sí, claro- dijo Marcos alegre. Parecía a gusto con la idea de que nos quedáramos en casa.
-¿Cuatro quesos y napolitana?- pregunté con el teléfono ya en la mano.
-Por mi vale- dijo Marcos sentándose en el sofá.
-Son mis favoritas- dije en voz baja mientras me ponía el teléfono en la oreja.
Marcos esbozó una sonrisa y se hecho a reír –también son las mías- dijo con cara divertida. Teníamos bastante en común, como el hecho de querernos quedar en casa, hablando, antes que conocer a más personas.
Pedimos las pizzas que no tardaron en llegar y Marcos se encargó de pagar. Cenamos en el salón, con la tele puesta, el volumen bajo para que pudiéramos hablar sin que el sonido molestara.
-¿Y qué estudias?- pregunté cogiendo otro trozo de la pizza de cuatro quesos.
-Cocina- me contestó.
-¿Cocina? ¡¿Y hemos tenido que pedir unas pizzas?!- contesté con voz entre perpleja, alarmada e inquisitiva.
-¡Podrías haberme hecho la cena!- exclamé señalándole de modo inquisidor- ¡TÚ! Has hecho que pierda el dinero- dije ya riéndome.
-Sí, podría, pero no lo he hecho- dijo burlonamente Marcos y añadió –además eso no es cierto.. he pagado yo, te he invitado- Puse los ojos en blanco -¿qué más secretos me escondes a parte de que eres cocinero y no cocinas y me invitas a pizzas hechas por unas manos que no son las tuyas?- pregunté intentando picarle más, retarle a que me contara algo más picante sobre él.
-Me gustan los videojuegos, sobre todo el guitar hero; todo el mundo se queda hipnotizado por mis ojos, menos tú- se quedó pensando durante unos segundos, supongo que por el por qué de que no hubiera sucumbido al encanto de sus ojos.
-No me he fijado en el color de tus ojos, era de noche, solo he visto que son claros- dije mirándole fijamente a los ojos por primera vez. Me quedé pasmada. Tenía un color de ojos como no había visto nunca. En la playa los había visto claros, pero eran mucho más que eso. Era como ver el océano, el sol y la montaña.. empezando por su pupila, sus ojos comenzaban siendo de color amarillo, como el mismísimo color del sol, según se alejaban más de su negra pupila, el iris adquiría un tono verdoso como si fuera un bosque, para más tarde convertirse en un azul cielo. Tenía unos ojos preciosos, no sabía como no me había dado cuenta antes.
-Ahora sí que los has visto- dijo él, haciéndose un poco el chulo- esta es la reacción que tienen mis ojos en todo el mundo- terminó diciendo casi con indiferencia. Por un momento, me enfurecí era un creído y se lo hice saber
-Creído- dije mirándole fríamente lanzándole un cojín del sofá-
-Guapa- me dijo a modo de contestación y entonces sin venir a cuento, nos echamos a reír, a carcajada limpia. Me reí como nunca me había reído. Conectaba muy bien con él.
-Tienes unos cambios de humor digamos que.. ¿cómo lo llamaría yo..? diferentes a los del resto de la gente- dijo marcos cuando paramos de reír.
-Raro, realmente soy rara- dije. Lo admitía.
-No lo eres, eres mejor que ninguna chica que conozco- dijo marcos. Sentí miedo. ¿Se estaba declarando YA?
-¡eh, eh! Despacito galán- dije
-¿Por qué?, ¿qué he hecho?- preguntó Marcos.
-No intentes ligar conmigo ya- dije arqueando las cejas. La contestación de Marcos fue poner sus ojos en blanco.
-Pretendía ser agradable- dijo.
-Está bien- dije dando por terminada la conversación, ya que me sentía algo avergonzada.
-Debería mandarles un mensaje a las chicas para que sepan que hemos cenado aquí- dije dubitativa, ya que las chicas no sabían de mi desde hacía unas horas.
-Está bien- dijo Marcos mientras yo sacaba el móvil de mi bolso y escribía.

YO: ceno en casa con Marcos, ya os contaré. Pasadlo bien. No lleguéis muy tarde. Suerte.

No tardaron en contestarme.

Ainhoa: No te preocupes por nosotras, estaremos bien con ellos. Pásalo tu tb bien. Te vemos esta noche.

-Ya está, ya saben que nos quedamos aquí- dije volviendo a él.
-¿Qué te apetece hacer?- me preguntó Marcos.
-Hablar, hace mucho que no puedo contar todo todo a alguien y bueno.. creo que aunque no nos lo han dicho a Vane y a mi.. las chicas han traido la play, podemos buscarla y jugar- dije. Yo no era mucho de jugar a la play. Solo jugaba con mi hermano. Pero a Marcos le gustaba y bueno, yo también podría hacer algo por él aquella noche. Sabía que las chicas abrían llevado la play porque siempre lo hacían y siempre a escondidas (ya que Vanessa y yo siempre les decíamos que nuestras semanas de vacaciones era para hacer cosas que no hacíamos en Madrid).
-Me parece perfecto que hablemos, todo el tiempo que quieras. Y bueno a lo de la play.. no me puedo negar..- dijo. Me sentí bien al escuchar sus palabras. Me estaba empezando a gustar de verdad.
Le conté como era mi vida, como eran mis amigas, como me sentía en aquel momento hablando con él, las ganas que tenía de volver a ver a Liam.. Por su parte él me contó parte de la historia de su vida, me habló de su casa, sus amigos, sus compañeros de cocina, alguna anécdota divertida de sus primeras recetas fallidas, como la vez que estando en clase haciendo una crema se le calló la rapa de un bolígrafo a un compañero suyo en la olla. Ninguno dijo nada y al final su crema fue la que más le gustó al profesor. Pasamos hablando quién sabe hasta cuando. No jugamos a la play, porque no logramos encontrar en qué maleta se encontraba. Ese año las chicas habían sido más listas. Nos quedamos dormidos en el sofá y nos despertamos simultáneamente al día siguiente, por un estruendoso ruido que se produjo en la cocina. Estaba segura de que sería Ainhoa intentando preparar el desayuno.